La Masacre de Jeju y Han Kang
L
a isla de Jeju, ese enclave que hoy se presenta en el Hallyu como un destino turístico idílico, con sus cerezos en flor y sus campos de canola amarilla, alberga bajo su superficie la memoria de una de las tragedias más brutales y reprimidas de la historia contemporánea surcoreana: la Insurrección y Masacre del 4.3.
En su última novela, Imposible decir adiós (We Do Not Part), la autora surcoreana Han Kang, galardonada con el Premio Nobel de Literatura en 2024, confronta este pasado traumático. La Academia Sueca reconoció su labor «por su intensa prosa poética que confronta traumas históricos y expone la fragilidad de la vida humana». Para la historia de Corea, la novela de Han Kang no es solo un artefacto artístico, sino una pieza esencial en el archivo de la memoria, urgiendo a los lectores a convertirse en «guardianes de la memoria» de este episodio sangriento.
El Contexto Geopolítico: La Masacre como Producto de la Guerra Fría
El «Incidente 4.3» fue un trágico suceso que se desarrolló entre el 1 de marzo de 1947 y el 21 de septiembre de 1954. Este periodo caótico siguió a la independencia de Japón, y la península coreana se encontraba inmersa en las crecientes tensiones de la Guerra Fría.
La chispa inicial ocurrió el 1 de marzo de 1947, cuando la policía disparó contra aldeanos que conmemoraban el levantamiento nacional de 1919 contra el colonialismo japonés, matando a seis personas. Nueve días después, los isleños organizaron una huelga general contra la violencia policial. La resistencia armada formal, liderada por el Partido de los Trabajadores de Corea del Sur (SKLP), comenzó el 3 de abril de 1948. El objetivo principal de los isleños era protestar contra la división de Corea y oponerse a la celebración de elecciones solo en el Sur en mayo de 1948, un movimiento que los lugareños apoyaron debido al resentimiento hacia el gobierno y la policía.
La respuesta del gobierno, entonces bajo la administración del Gobierno Militar del Ejército de los Estados Unidos en Corea (USAMGIK), fue una represión severa.
La “Tierra Quemada” y la Responsabilidad Extranjera
La represión escaló dramáticamente después de que Syngman Rhee fuera elegido primer presidente de Corea del Sur. En octubre de 1948, Rhee autorizó una política de «tierra quemada» con el objetivo de erradicar a los agitadores comunistas.
La masacre que siguió fue indiscriminada y brutal. Soldados y policías llevaron a cabo operaciones de aniquilación, incendiando aldeas de montaña y masacrando a todo el que encontraban, independientemente de la edad o el género. El 90% de los fallecidos fueron asesinados por soldados y policías.
- • Cifras del Genocidio: Las vidas perdidas se estiman entre 25.000 y 30.000 personas, lo que constituía aproximadamente el 10% de la población total de Jeju en ese momento.
- • Víctimas Desarmadas: Los informes indican que el 11.9% de las víctimas eran niños menores de 10 años o adultos mayores de 61 años, lo que subraya la naturaleza imprudente de las medidas represivas.
Como historiadores, es vital señalar la compleja red de responsabilidad. El Incidente 4.3 ocurrió mientras el USAMGIK administraba la región sur. Documentos de la época demuestran que, incluso después del establecimiento de la República de Corea, el USAMGIK mantuvo el control operativo sobre el ejército y la policía surcoreanos. De hecho, oficiales estadounidenses dirigieron los planes de supresión, y un informe estadounidense de noviembre de 1948 alabó la acción, calificándola de «altamente exitosa», a pesar de que consistía en la matanza masiva de civiles. Algunos académicos concluyen que Estados Unidos jugó un papel importante y carga con parte de la responsabilidad por los hechos, una implicación que, hasta la fecha, aún no ha sido legalmente reconocida ni discutida a fondo por EE. UU..
Han Kang: La Nieve como Archivo del Olvido
La relevancia de Han Kang reside en su implacable enfoque en la memoria. Al igual que su novela Human Acts profundizó en la Masacre de Gwangju de 1980, Imposible decir adiós utiliza la microhistoria de dos mujeres, Kyungha e Inseon, para iluminar el trauma de Jeju.
La novela no presenta el Jeju de los folletos turísticos. En cambio, Kyungha viaja a la isla durante una terrible tormenta de nieve, en un paisaje invernal congelado. La nieve en la narrativa de Han Kang se convierte en una metáfora histórica de múltiples capas:
- El Ocultamiento: La nieve cae sin cesar, cubriendo las fosas comunes de las personas asesinadas injustamente, ocultando lo que el estado quería enterrar.
- El Recuerdo: Al mismo tiempo, el regreso de la nieve cada invierno «nos pide que recordemos aquello que hemos enterrado y preferimos no evocar».
- La Conexión Existencial: La narradora llega a la conclusión poética de que los copos de nieve que caen sobre ella podrían ser la misma agua que se había reunido sobre los rostros de las personas asesinadas, estableciendo una conexión material con los muertos.
Han Kang, con su prosa que se mueve entre lo poético y lo crudo, trabaja para que los muertos puedan «comunicarse con los vivos», buscando cualquier resto humano o «pedazo de papel» para restaurar su historia. La novela confronta la violencia en todas sus formas: física, emocional, psicológica, existencial y social.
La Lucha por la Justicia y la Amenaza del Revisionismo
La Insurrección de Jeju fue un tema tabú en Corea del Sur durante casi 50 años, con personas que hablaban de las masacres siendo torturadas o encarceladas. Las familias de los condenados fueron víctimas de la práctica no oficial de la «culpa por asociación» (yeon-jwa-je), lo que perpetuó el silencio para proteger a los vivos.
Aunque el gobierno surcoreano inició esfuerzos de reconciliación después de la democratización de la década de 1990 y el presidente Roh Moo-hyun emitió una disculpa oficial, la justicia sigue siendo un proceso inconcluso. En la actualidad, gracias a la reapertura de casos, más de 1.000 sentencias de consejos de guerra han sido anuladas desde marzo de 2022, en bi-juicios que buscan declaraciones póstumas de inocencia.
Sin embargo, el trauma persiste. La continua controversia histórica, azuzada por políticos conservadores que insisten en que el levantamiento fue ordenado por Kim Il-sung o que los eventos fueron un «motín comunista», subraya la fragilidad de la memoria histórica.
La obra de Han Kang, y en particular Imposible decir adiós, se vuelve fundamental en este contexto. Al transformar el dolor en literatura «incisiva», la autora exige que el lector preste atención y evite mirar hacia otro lado. Es, en última instancia, un recordatorio de que la reconciliación total solo puede lograrse a través de la verdad histórica y la justicia, pilares que aún esperan su plena implementación, especialmente en lo que respecta a la responsabilidad internacional.
Cummins, A. (2025, 9 de febrero). We Do Not Part by Han Kang review – a harrowing journey into South Korea’s bloody history. The Guardian.
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Kim, S. (s.f.). South Korea’s Forgotten Anti-Communist Killings. The Dial (Issue 9).
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